Salve, Odilio I, el monarca que prefiere el cauce del río al trono de oro!
Es fascinante ver cómo Su Majestad ha logrado equilibrar el peso de la corona con la ligereza de una caña de pescar.
Dicen las crónicas de la Catedral de la Farria que, durante su unción por el Obispo de Perrelos, se escuchó un sutil chapoteo; algunos dicen que era agua bendita, otros juran que eran las truchas saltando de alegría al saber que su mayor admirador ya era Emperador.
Crónicas de un Trono Peculiar
El Diplomático del Amor: Su relación con la Visir de Mingarabeiza es la envidia de toda la aristocracia.
Es el "novio eterno", demostrando que en el imperio de Odilio, el amor no entiende de protocolos, sino de paciencia infinita (probablemente la misma que usa para esperar a que pique el pez).
La Escuela del Maestro Mingus: Se rumorea que sus decretos imperiales tienen un ligero aroma a río. Gracias a las lecciones del gran Señor Mingus dos cás,
Odilio I es el único emperador capaz de firmar un tratado de paz y, acto seguido, montar una mosca seca con una destreza que haría llorar a un artesano medieval.
Un Imperio de Bondad: Aunque su título diga "Por la gloria de todos", todos sabemos que si hay una trucha difícil en el pozo, la gloria puede esperar hasta después del atardecer.
Es, sin duda, el soberano más tierno que ha visto la historia: un hombre que domina el mundo con una mano y sujeta el salabre con la otra.